miércoles, 10 de agosto de 2011

Lecciones de Kikuchi, fe y manga japonesa

Estos dos últimos meses pasaron muchas cosas a alta velocidad. De esas veces que ahora, en calma, volteas hacia atrás y te aparecen como flashazos. Incluso en desorden, hay muchos detalles que no recuerdo en qué orden ocurrieron, cosa que para mí, que se supone cuento con memoria fotogénica para esas cosas, me abruma un poco. Decirlo en corto es fácil, la operación de 2 de la minibanda en menos de un mes, en el inter, la primera comunión de la grande aunado al cierre del ciclo escolar y otras minucias que siempre aparecen para ponerle sazón a la vida, para que demostremos de qué estamos hechos y para que aprendamos otras cosas más… me explico:
En un post previo en este amable, extraño, raro, empalagosón, remilgoso, quejumbroso, demandante y querido espacio les contaba las aventuras y reflexiones a las que tuvimos que enfrentarnos cuando operaron al Gordo, pues la vida nos tenía preparada otra sacudida, como que con eso no había sido suficiente para nosotros.
Aquí aprovecho para contarles un poco cuestiones de fe o creencias religiosas si así prefieren llamarles. Resultase ser que no puedo decir que sea una católica ejemplar. Aunque los más abiertos quizá me consideren el vivo ejemplo de la mochez. No lo creo así, siempre he tenido problemas con eso de creer sin cuestionar. Esa maña mía de andar queriendo averiguar cosas de más, de pensarle, de buscarle, de preguntar… eso de creer cosas que “dicen” son dogmas y punto, se me complica. Así que según me he enterado y las conjeturas que he sacado, estoy condenadita al infierno por andarme con mis cosas, por andar de hereje diría mi abuelita o de rebeldosa e irreverente dirían otros más. Eso sí, he sido muy afortunada al poder constatar la presencia de Dios en mi vida en muchas ocasiones y de ser, quizá inmerecidamente, beneficiada con sus bendiciones y tengo la fortuna de conocer el poder del Capital de Gracias como medio para estar en contacto con Dios. Así que no me puedo quejar y menos después de tanta cosa recibida.
Dicen que Dios no pone sobre nuestros hombros cargas que no seamos capaces de soportar y que siempre hay ángeles a nuestro alrededor. Por lo pronto, esas son premisas que sí he podido comprobar.
La última visita al hospital, motivada por una cosa rara, autoinmune, de resolución espontánea en 3 meses llamada enfermedad de Kikuchi Fujimoto me tuvo (quizá deba decir “nos tuvo”) al borde de la crisis. Es tan extraño el síndrome y más en niños, que la detección de lo que padecía Pelón fue muy complicada y en el inter se nos habló de un diagnóstico diferencial con linfoma (ya hasta manejo con familiaridad la jerga médica ¿vieron?). De sólo oír la palabra y escribirla, vuelve el escalofrío. Así, de repente, ves cómo tu mundo y tu vida en pocos minutos se vuelven nada. Todo te da vueltas. Escuchar a tu pediatra salir de la cirugía para biopsia decirte “ya Dios dirá mañana, luego de los resultados del patólogo, pues todavía no podemos descartar un linfoma” es duro hasta para el más fuerte.
Afortunadamente, todo terminó en el Kikuchi y ninguna de las consecuencias a futuro con las que a veces se le relaciona. Hasta ahí todo iba bien. Había que agradecerlo y sobre todo sacar una lección de esta sacudida. Resultó que no fue una sola la lección, sino varias y muchas de ellas también tienen que ver con cuestiones de fe y de creer, me explico:
Primera lección: Mis respetos, toda mi admiración y solidaridad a los papás que tienen un hijo enfermo. Si verlos en cama con una gripa duele, no puedo describir la terrible impotencia de verlos en un hospital, por leve que sea la intervención, con mayor razón si se trata de algo grave. Mis oraciones y pensamientos con ellos.
Segunda lección: He sido bendecida con gente maravillosa a mi alrededor. De alguna u otra forma esto ya lo sabía. Solamente lo reafirmé y confirmé los alcances del amor de la gente y de todo lo bueno que te puede traer. Confirmé que hay infinidad de maneras de manifestarlo y que todas estas manifestaciones son igual de grandiosas y de efectivas. Confirmé que una llamada, una visita, un abrazo, un tuit, un mensaje por cualquier medio (llámese sms, tuit, dm, pin de blackberry, facebook, telepatía, pensamiento, oración, etc.) tienen efectos impresionantes y comprobé que nunca tendré palabras ni medios suficientes para agradecerlos.
Tercera lección que se desprende de la anterior: Conocí los poderes de la Genkidama seguramente la mayoría de los que son de “mis tiempos” o mayores no conocen esta maravilla que consiste en que seres de buen corazón envíen energía a quien la necesita. Puedo asegurar que funciona tal y como le surtía efecto a Goku en Dragon Ball. Así de simple se puede resumir el poder de la oración y de los pensamientos positivos compartidos.
Cuarta lección: Quizá esta fue la que me costó más trabajo asimilar. Digamos que fue como la ecuación diferencial de todas las lecciones (entiéndase con esta malísima metáfora lo difícil que me fue comprenderla dada mi discalculia), supe que las cosas de la vida que más valen son las más simples, las que tenemos más a mano y que a veces perdemos mucho tiempo y energía queriendo alcanzar cosas o estatus que a lo mejor no valen tanto. Se supone que esto lo debería yo de tener muy claro dada mi formación, mi forma de vida, mis principios, mi bagaje y cuanta cosa quiera yo agregarle. Pero en realidad no, no lo tenía tan claro y fue necesario un salto del corazón, literal, así como lo diría el gran Germán Dehesa en su Fallaste Corazón  para iluminarme y que por fin lo entendiera. Era hora de hacer un alto, de hacer un recuento entre lo que valía la pena y lo que no. 
Dolió asimilarlo. Me costó saberme frágil y vulnerable (más de lo habitual), me quebré al saber que no soy tan salsa como yo creía, que no siempre puedo estar sonriendo y poniéndole buena cara a todo y dejar de lado cosas tan esenciales como mi salud y mi paz espiritual. Así de simple, queda en unos cuantos renglones, pero me implicó un gran replanteamiento de vida.
Fue así como después de llorarlo, pensarlo, consultarlo con la almohada y con mis más allegados puse cartas en el asunto, decidí aventurarme en el Yoga, una maravilla que me ha ayudado a reencontrarme. Pensar con calma las cuestiones de casa, pasar más tiempo con mi familia, disfrutar plenamente cada momento que tengo con ellos sin importar las circunstancias y bajarle al ritmo de trabajo, academia y compromisos. En pocas palabras, buscar tiempo para mí y lo que más me importa. Me ha costado trabajo, he fallado, pero ahí la llevo. Por lo pronto ya comencé y estoy decidida a seguirle pues he visto en poco tiempo los beneficios. Dicen los que saben que eso es lo más importante y la mitad de la solución de conflictos ¿quién soy yo para contradecir a los expertos? Ya veremos…

3 comentarios:

Fabi dijo...

Excelente texto! Cuando todo se hace con fe y desde el alma simplemente salen bien.
Todo pasa y llegan en su momento indicado, asi como tambien dicen que todo tiene un por que, una razon de ser.
El amor es quien nos lleva al equilibrio, a la armonia, a comprender y aceptarnos unos a otros. Nadie es perfecto, somos seres con elecciones y deciciones individuales con el fin de aprender lecciones para ser cada dia mejores. El amor nos mantiene vivos, alegres, llenos de energia y vida.
Te envio un abrazo!

Ricardo Trapero dijo...

El punto en que te encuentras es simple y sencillamente el fruto que emerge desde tu gran corazón. Eres un maravilloso ser humano y siempre tendrás éste tipo de bendiciones y muchas más. Es un placer ser tu amigo y gracias por compartir ésta parte de tu vida. Abrazo enorme.

Shaula dijo...

Todo tiene una razón lógica de ser, dijera un 'eks'.
Por fortuna eres una mujer de fe, que no es lo mismo que religiosa eh!
Ésa misma fe, es la que nos hace amar y apreciar todo lo que nos rodea... Incluso ése escalofrío que por fortuna, no te recorrerá más...
Abrazos Reina!